lunes, 10 de diciembre de 2007

Navidad


Nunca escribo tanto, pero esta vez no es chiste.
Soy hincha número uno de la Navidad. Hay una parte de mí que todavía cree en el Viejito Pascuero y el sólo acordarme de mi infancia y cada mes de diciembre se me pone la piel de gallina. Quizás deben ser los momentos familiares que más recuerdo.
Mi Navidad comenzaba temprano en diciembre, con armar el arbolito de pascua. Me gustaba nuestro arbolito, bien cargado de adorno luces y con un buen espacio para ir dejando los regalos. En mis navidades, el único que creía en el Viejito Pascuero era yo, porque mis hermanas ya estaban grandes y siempre siguieron el juego para mí. Siempre les voy a agradecer que no me rompieran esa ilusión. Y si alguna vez lo hicieron, creo que mi mente estaba suficientemente convencida de lo contrario y no archivó ni cuestionó “la mentira”.Y el espacio para los regalos se llenaba de temprano. El Viejo Pascuero me traía regalos a mi, pero entre nosotros nos hacíamos regalos. Y me daban plata para comprarles a mis hermanas y papás. Y cuando todos íbamos comprando los regalos los dejábamos en el árbol. Yo me emocionaba de ver cómo se llenaba de paquetitos. Y los ordenada: atrás los grandes, adelante los pequeños. Y al otro día abajo los grandes y arriba los pequeños. Y si estaba muy oscuro, ponía lucecitas para que los regalos se vieran. O me preocupaba de que el pesebre estuviera iluminado y cambiaba de posición a los animales, para que no se cansaran. En fin, en diciembre vivía en el living y al lado del árbol.
Pero antes había que limpiar. Mi mamá, fanática de la limpieza, nos agarraba el primer sábado de diciembre a mí y mis hermanas para limpiar la casa. ¡¡¡Y a limpiar la casa, poh!!! Nada de manito de gato. A mí me tocaba desarmar las lámparas del techo con cuidado y desarmarla para lavarlas parte por parte. La alfombra la agarrábamos a escobazos y nada que estuviera en pie, de adorno o fijo en una muralla se salvaba del lavado. Empezábamos tempranito y al atardecer recién estábamos terminando. La casa brillaba.
Luego, el cola de mono. Tradicional en mi casa hacer este brebaje , con anticipación. Nada de comprarlo en el supermercado, porque ése era como las weas. Capaz que haya uno bueno hoy por ahí, pero me enseñaron de chiquitito que sólo el nuestro era rico, así es que nunca pude sacarme la cara de weón cuando en otro lado me ofrecen un “un cola de mono rico”. En fin. Ahí aprendí a hacerlo, ayudando a mi mamá, echando seis litros de agua a hervir con ramas de canelas, clavos de olor, una nuez moscada molida en el instante y una trola de vainilla, nada de esencias líquidas. Quedaba una weá recochina, pero con un olor que quedaba en la casa por varios días. Había que dejarlo reposar de un día para otro. Muchos años después, la Paola cuidaba a mi sobrino Benjamín y encontró bien cara de raja que le dejaran un par de ollas con agua cochina para lavar y decidió botar esos líquidos al lavaplatos y lavar ollas. Que cagó fue el Benja que tuvo que recorrer toda La Cisterna buscando los ingredientes porque la Paola, tras cachar que la había cagado, ya veía que mi mamá la mandaba a la chucha. Llevábamos como 3 meses pololeando. Volviendo al cola de mono, al otro día había que colar el agua con paños de cocina, ya que un colador deja pasar todas las especias. Y luego echarle leche condensada, café y el agua ardiente. Ahí echarlas en las botellas que juntaba mi mamá en el año y que yo tenía que lavar el día antes. De ahí weón que llegaba, cola de mono. Y tenía que encontrarlo rico. Sólo el de mi abuelo podía ser mejor, que era básicamente lo mismo, pero con café de grano.
No hacíamos pan de pascua. Lo hicimos después, grandotes, pero mucha pega.
Cumplidas esas obligaciones empezaba mi Navidad. Lo primero era hacerle la carta al viejo pascuero. Nunca pedí grandes cosas y tampoco la iba a dejar al correo. Yo se la pasaba a mi mamá y listo, sabía que le llegaba al viejo pascuero. No siempre pudieron traerme algunas cosas, porque seguro eran caras, pero nunca entendí porque nunca me trajeron el bus de bus de dos pisos rojo. Luego, la tele. Y me veía feliz todas las series de Navidad, sobre todo cuando ya el 24 estaba más cerca. Casi me pongo a llorar si me acuerdo de Frosty, el mono de nieve; Rodolfo, el reno de la nariz roja; la navidad de Yogui, de los Picapiedras y todas esos monitos con harta nieve, hartos pascueros bonachones y hartas campanas. Nunca me gustaron los villancicos del Canal 13, ahí cambiaba la tele.
Y no sólo era la tele, era ir a limpiar el arbolito y ordenar los regalos, pero con música. En mi casa había cassettes con música navideña en campanas y unos cantados en inglés por los cantores de Ray Coniff. De ahí mi favorita “Let is snow, let is snow” Hace tres años me conseguí toda la música navideña de mi infancia en CD’s. Y no ha sido fácil. Por más que la pongo en la casa, la Paola, grinch, no me pesca. Se me pone la piel de gallina, echo mi mente al pasado y es como si volviera atrás: casi siento el olor a cola de mono, el olor del árbol de pascua, el olor a papel de regalo. Me van a weviar, pero siento el olor de mi casa y con nostalgia recuerdo esas noches del 24 de diciembre, poniéndome la mejor ropa para estar en familia, esperar al tata Oscar, a la Nona,a mi abuelita y empezar a preguntarle a mi papá a qué hora va a llegar el viejo pascuero. Es inmediato, escucho esa música y me acuerdo de la cena. Sólo comíamos dos veces en el año en el comedor del living: Navidad y Año Nuevo. Y sólo en esas ocasiones se ocupaba la vajilla “especial”. Y ya estábamos en el postre y me dolía la guata. Ya eran como las 11 y quedaba muy poco para que llegara el viejo pascuero.
De ahí pa’ delante era escuchar al Nelson y a mi tata que me preguntaban si oía las campanas del trineo, que se estaba acercando y yo casi me ponía a llorar de la angustia, angustia o expectación que siento ahora si me acuerdo. Y ya no quedaban ni 10 minutos y me paseaba por toda la casa. Todos sentados en el living viendo la escenita de este pastel. Hasta que llegaban las 12, y alguien golpeaba la puerta gritando “jo, jo, jo, jo!!!”. Me tenían que agarrar para no abrir la puerta, hasta que me soltaban. Abría y ahí estaban todos los paquetes. Grandes a veces, chicos en otras. Daba lo mismo, eran los regalos del viejo pascuero y empezaba la fiesta de abrirlos. Pero no empezaba al tiro, los entraba y empezábamos todos a entregarnos los regalos del árbol, con abrazos, risas, y más cola de mono que repartía mi mamá.
Muy grandote, a los 12 años, supe que era mentira. Ya no estaba mi papá, que era el que salía por la puerta de la cocina a buscar los regalos a su escondite. Se daba la vuelta, me los ordenaba en la puerta del frente y golpeaba la puerta con la risa del pascuero. Me atajaban para que él alcanzara a arrancar. Yo abría la puerta, veía los regalos y me daba vuelta para compartir mi alegría con todos, y ahí atrás ya estaba mi papá con mi mamá.
La Navidad continuaba yendo al frente a saludar a la Nana y el Taro y recibiendo otros regalos que dejaba el pascuero en su ruta.
Por eso me gusta diciembre y vuelvo a emocionarme, porque hay que armar un arbolito, porque escucho la música de Navidad, porque espero prender la tele y ver a Frosty, porque quiero que la Emilia y la Pita vivan la Navidad como yo la viví y nunca la olviden, porque sigan creciendo y viviendo la Navidad como niños, que cuando estén grandes escuchen un día las canciones que pongo y se acuerden de cuando de las hermosas navidades que pasamos juntos. Por eso hago el cola de mono y quiero hacer galletas de navidad con las monas este año y todos los que vengan; por eso me gustan las navidades familiares, por eso me gusta mostrarle toda la Navidad a la Emilia que está grande y ya entiende más cosas, por eso cada año les hago el mismo show que me hacía mi papá y no quiero que me lo cambien o intervengan, porque es mi forma de volver a vivir mi Navidad. Por eso la Navidad me gusta pasarla en casa, aunque sólo estemos los cuatro, pero viviéndola a concho, marcando tradiciones que al menos, a mí, como ahora, me llenen los ojos de lágrimas de sólo acordarme.

4 comentarios:

Paola dijo...

ya.... después de tratar de que mi garganta no duela tanto para no llorar escribo...
Soy un grinch, lo sé, y nos es que no me guste la navidad, es que supe que el viejito no existía desde muy chica... sí recuerdo haberles hecho el show a mis hermanas, pero claramente la navidad no es mi gran recuerdo de la infancia...
Pero sí se que es el tuyo y eso me encanta, aunque no te lo diga... Me encantó la primera vez que pasamos Navidad juntos y antes de la cena rezamos todos en familia tomados de la mano y dimos gracias a Dios por estar juntos.... eso fue realmente hermoso....
Y me río con eso de las canciones de navidad porque soy burlesca por naturaleza y de verdad los ojos te brillan y quieres llorar (como cuando ganó Mazú la medalla de oro) cada vez que escuchas esas canciones, pero mi amor, eso es lindo... la loca soy yo...
Y por supuesto, disfruto como niña los preparativos para que las monitas (sólo la Emilia hasta ahora) crea que el viejito pasó por su casa....

Hermoso lo que escribiste, te amo muchín...

Monsemane dijo...

Lindo JP,
Yo tengo los mismos recuerdos de mi niñez y me ganaste tú con la entrada porque tengo lista otra entrada para subirla más cerca de Navidad.

Pero quiero compartir uno de tantos bellos recuedos: Esas tardes de 24 y 25 de Diciembre con mi papá, mi mamá y mis hermanos viendo la siempre terrorífica y emotiva hasta las lágrimas historia de Mr. Scrooge...

Lola dijo...

Pacho, que bueno es recordar cada detalle que describes...para mí siempre ha sido así, y aunque Benjamín, ya está algo dudoso este año...veré qué haremos. Me reí mucho recordar la hazaña de limpieza de la Pao....muy buena!!!!

Monsemane dijo...

Ya poh!!!!!!!
escríbete algo!!!!